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Sismo de reflexión

Los terremotos en Venezuela recuerdan que todo es prestado y que, ante la tragedia, solo importa la vida y la solidaridad.

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Los terremotos en Venezuela recuerdan que todo es prestado y que, ante la tragedia, solo importa la vida y la solidaridad.

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El dolor que nos embarga por la tragedia de los terremotos en Venezuela, y del que se ha dejado constancia en las lamentables imágenes que vemos en los medios, además de producir impotencia, es una revelación compacta de que nada existe para siempre. Las imágenes, pronunciadas sin palabras, revelan una dolorosa escena donde también se observa mucho más allá de los escombros: los héroes, las vidas que se perdieron, los heridos, los niños, las mascotas... en fin, un desastre. Los pesados escombros ocultan cuántas tragedias de familias que lo tenían todo y que, en cuestión de segundos, vieron sus bienes quedar en la desventura de la nada, sumando otro dolor adicional por perderlo: vidas, amores y sueños en un mismo instante.

Los sueños cumplidos fueron arrojados al piso, convertidos en escombros envueltos en polvo como sus viviendas. Las utilidades del confort por las que tanto se esforzaron, igual y lamentablemente, demostraron que el valor de la vida y de los amores sepultados bajo las estructuras de cemento nos está dando un mensaje claro: y es que se puede luchar por adquirir éxito, placer o dinero, pero, a veces, para nuestra suerte, la misma naturaleza actúa por su propia cuenta para exigirnos ver que lo único cierto es que todo es prestado, incluso la vida.

Hoy Venezuela es un ambivalente ejemplo de reflexión. Duele decirlo, pero en este trágico ejercicio de discernimiento nos hemos encontrado con situaciones increíbles, milagros y ejemplos de amor que, con dinero o sin él, demostraron que el amor en la nada también es todo. Rueda en las redes un video de una pareja de ancianos que enfrentaron el susto sin más temor que abandonarse. Aquí, el amor demostró una película de vida con un ambivalente desenlace en medio de tanto dolor, y la recompensa de abrigarse el uno al otro. Los niños que poco a poco renacen de los escombros, las personas aferradas a la vida con la esperanza de ser olfateadas por perros rescatistas y los rescatistas atendiendo sus victorias nos muestran que la vida cambia, gira en cualquier momento sin importarle qué tenemos, qué perdemos y cómo sobrevivimos frente a la insistencia de la adversidad.

Aquí, en esta tragedia y en todas las de su categoría, encontramos cuadros devastadores que impregnan los ojos de dolor e impotencia, porque el ego se pierde y el dinero de las cuentas bancarias tampoco salva vidas. Bajo los escombros terminan las jerarquías y los títulos; solo hay seres humanos, adinerados o vulnerables, que reducen su poder a la esperanza de sobrevivir. Terminan las diferencias sociales y solo importa resurgir.

Ahora es el momento de brillar solidariamente con Venezuela; se requieren importantes esfuerzos, palabras de aliento y ayuda. De algo podemos estar seguros, y es que la adversidad es nómada: puede pasar muy cerca o bajo nosotros. ¿Tenemos planes para ese entonces? Lamentablemente, los desastres naturales se manifiestan drásticamente para hacernos reflexionar sobre lo que verdaderamente es nuestro.

A Venezuela, un abrazo de solidaridad y un mensaje de esperanza en esta indescriptible dificultad.