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Opinión

¿Solo deporte?

El texto analiza la “mirada masculina” y cómo ha convertido a las mujeres en objeto, no en sujeto, en el cine, la medicina y el deporte.

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El texto analiza la “mirada masculina” y cómo ha convertido a las mujeres en objeto, no en sujeto, en el cine, la medicina y el deporte.

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En varias columnas he tratado diferentes conceptos sociológicos que se han desarrollado para explicar fenómenos que afectan, o han afectado históricamente, a las mujeres. Sobre este tema quiero hacer una serie de columnas, y esta es la primera. La idea surge justamente del comercial de Sydney Sweeney en el que posa desnuda con accesorios deportivos mientras asegura que eso es “solo deporte”.

El anuncio ha abierto una conversación muy interesante sobre la sexualización de las atletas, la obligación de usar indumentaria más corta que la de los hombres so pena de sanciones, los planos que eligen los camarógrafos y la objetivización de las deportistas. Incluso algunas atletas han contado que no se sienten seguras haciendo deporte por casos como el de Simone Biles, la gimnasta más premiada del mundo, quien denunció los abusos sexuales de Larry Nassar, médico del equipo nacional. Ese es un tema en sí mismo, pero no quiero tratarlo en esta primera columna; quiero hablar de conceptos que se han usado en el cine para explicar el papel de las mujeres en estos espacios.

La cineasta Laura Mulvey, en un ensayo de 1975 titulado “Visual Pleasure and Narrative Cinema”, menciona por primera vez el concepto de male gaze, o mirada masculina. En este ensayo sugiere que el cine clásico está construido sobre una relación muy desigual de las miradas, por un lado, el hombre es el sujeto activo que mira e impulsa la acción, mientras que la mujer es reducida a un objeto pasivo de contemplación visual y erótica. Este concepto se ha discutido junto a otras herramientas, como el test de Bechdel, que sirve para revisar si una película les otorga relevancia a las mujeres, menciona que deben aparecer dos personajes femeninos con nombre, que hablen entre ellas y que la conversación sea sobre cualquier tema que no sea un hombre. Hay muchas películas clásicas que no pasan este test, como Star Wars, Desayuno con diamantes, El señor de los anillos o Avatar, entre muchas otras.

El male gaze ha salido del cine para abordar otros espacios en los que las mujeres también han sido históricamente objetivizadas. Un ejemplo es la medicina, apenas este año Science, una de las revistas científicas más importantes, dedicó exclusivamente un número a la salud femenina, no necesariamente reproductiva, porque este término suele estar ligado a la reproducción. Este tema merece una columna específica, pero, básicamente, hay un libro al respecto que se llama “Mujeres invisibles para la medicina”, de la doctora Carme Valls-Llobet, que recopila estudios de enfermedades comunes con síntomas diferentes en hombres y mujeres, aunque las investigaciones médicas solo se hicieron en hombres. Ella menciona los infartos: los síntomas más reconocidos son los que suelen presentar los hombres; a las mujeres, con frecuencia, no nos duele el brazo izquierdo en este tipo de episodios, sino que sentimos fatiga, ahogo o náuseas. En el número de Science se mencionan varias investigaciones que han obligado a ajustar las dosis de medicamentos entre hombres y mujeres por la falta de investigación en ellas.

Por eso empiezo por la mirada. Antes de hablar de uniformes, de sanciones o de abusos, hay que entender quién mira, desde dónde y para qué. El comercial de Sweeney no inventó nada, repitió una fórmula que el cine perfeccionó hace décadas y que la medicina ha permitido por años, la de la mujer como objeto que se contempla y no como sujeto que actúa, compite o se enferma. Las atletas que respondieron mostrando su sudor, sus músculos y sus entrenamientos hicieron exactamente lo contrario, devolvieron la mirada. Eso es lo que me propongo hacer en estas columnas.