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24 horas ante el temible quirófano

Relato de una cirugía y recuperación en medio de trámites, espera y anécdotas hospitalarias, destacando la buena atención recibida.

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24 horas ante el temible quirófano
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Relato de una cirugía y recuperación en medio de trámites, espera y anécdotas hospitalarias, destacando la buena atención recibida.

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La enfermedad tocó a mi puerta en medio de una crisis en salud.  Antes de las 6 de la mañana ya tramitaba los documentos exigidos para la cirugía.  Las secretarias sólo aparecieron después de las 6 am. Pensamos que sería el primero en ser atendido, pero nos dimos cuenta de que la mayoría de los que estábamos allí nos programaron la misma hora, por fortuna no todos tenían el mismo tipo de cirugía. Me hicieron desnudar totalmente y me entregaron una bata de amarre en la parte trasera y me ubicaron en una silla de espera al lado del ficho número 1, un señor que estaba muy nervioso, comentándome que lo operarían de un riñón.

Pronto llegó mi médico, revisó los documentos y me hizo firmar la aceptación ante riesgos, agregando, “no se preocupe, es un trámite de rigor”. Mi compañero dijo, “Lo más arrecho es que nos tienen que dormir con anestesia y eso es a lo que más le temo”, pensamos lo mismo le respondí, pero lo más irónico era que habíamos madrugado a las 6 de la mañana y luego nos iban a dormir otra vez, sonrío algo y dijo: “Yo estoy que salgo en carrera”, le dije que eso era peor, que si lo veían así empeloto se lo llevaban para San Camilo, y allá era otro cuento, sonrío nuevamente y agregué, ya nos tocó, lo mejor es calmarnos, lo cual aceptó.

Nos llevaron en silla de ruedas casi al mismo tiempo, cada uno por su lado, solo atiné a decirle, “felices sueños”, levantó de espalda una mano en señal de despedida. Me acomodé en una camilla especial y mientras me ponían diferentes aparatos, se presentó su equipo de operación, soy tal, encargado del control en una pantalla de otros signos vitales, yo soy la encargada de acompañar al médico, yo soy la anestesióloga y no se preocupe que todo saldrá bien y finalmente el médico que no necesitó presentación. ¿alguna pregunta?, respondí, sí, ¿dónde está la de los tintos?, hubo algunas risas, mientras realizaban sus tareas.

No supe a qué horas me quedé dormido. Una hora y tanto después sentí una voz lejana que me decía “la operación terminó, fue un éxito”.  Poco después salí del letargo y pude abrir mis ojos completamente, me encontraba en un largo salón con camas a lado y lado, con pacientes en recuperación luego de la operación. Busque con mi mirada y algo de afán, al ficho No. 1, el del riñón, pero no estaba. No me atreví a preguntarlo, pues ni el nombre me sabía y quizá era lo mejor. Estaría 6 horas en observación y si todo salía bien me darían de alta a las 7 pm.

Me pusieron un tensiómetro programado cada 15 minutos que me apretaba fuertemente el brazo para el control de la tensión, lo que me impidió poder dormir.  En un muro de frente había un reloj torturador, indicándome la hora, pero su manecilla giraba muy lentamente. Busqué un tema para matar el tiempo y me centré sobre lo que había sucedido con mi enfermedad. Ya llevaba 2 meses entre hospitalizaciones y trámites. Ingresé por un virus y en nuevos exámenes aparecí con una bacteria, amebas y una vesícula con un gran cálculo que implicaba una operación, para ello fue necesario atender las primeras enfermedades.

Dentro de las vicisitudes y avatares, solo recordaba anécdotas irónicas y jocosas, que darían para otro escrito.  Mientras el tiempo pasaba y el tensiómetro me indicaba que ya habían pasado otros 15 minutos, una señora gritaba pidiendo ayuda, pues una de sus piernas le rascaba y no podía hacerlo, ante la insistencia fue atendida y entre grito y grito se reía y al preguntarle qué le pasaba, dijo, “es que me está rascando la pierna que no es”. Finalmente llegó mi hora, recibí una atención excelente, salí pensando en que ojalá todas las EPS mejoraran y tuvieran la misma calidad de servicio, sin influencias, evitando la muerte de pacientes haciendo fila clamando por una atención oportuna.