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De goles, urnas y esperanzas

Colombia se une en el fútbol y en las elecciones por una misma razón: la esperanza de que el futuro pueda ser mejor.

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Cada cuatro años ocurre el mismo milagro. El santandereano que jura que los costeños son escandalosos, el paisa que cree que Bogotá es un país aparte, el bogotano que nunca ha puesto un pie en La Guajira, el pastuso que mira con desconfianza al valluno, el llanero, el chocoano y el amazónico terminan haciendo exactamente lo propio: gritar el mismo gol.

Por: Edgar Julián Muñoz González

He escrito varias veces que Colombia no es una nación sino un Estado compuesto por varias naciones que aprendieron a convivir bajo una misma bandera. Son demasiadas las diferencias que existen entre quienes habitan la costa Caribe y los viven en las montañas santandereanas, entre quienes crecieron frente al Pacífico y quienes lo hicieron en los Llanos. Distintos acentos, distintas comidas, distintas formas de entender la vida y hasta distintas maneras de interpretar el país.

Sin embargo, cuando vamos al Mundial, ocurre algo extraño. Durante un Mundial sí parecemos una nación. Nadie cuestiona por quién votó el que tiene al lado. Nadie pregunta cuánto gana, de dónde viene o en qué cree. Solo importa si el balón entra. La Selección Colombia es quizá el único proyecto nacional que todavía despierta emociones compartidas. Y resulta curioso porque esos once jugadores no arreglan carreteras, no construyen hospitales, no reducen la pobreza ni solucionan los problemas que llenan titulares durante el resto del año. Aun así, millones de colombianos depositamos en ellos una pequeña parte de nuestros anhelos. Esperamos que ganen. Esperamos que hagan historia. Esperamos que esta vez sea diferente. La esperanza siempre funciona así. Nunca se alimenta de certezas. Si existieran garantías no hablaríamos de esperanza sino de estadísticas.

El aficionado compra una camiseta porque cree. El jugador se entrena porque cree. El técnico hace una convocatoria porque cree. Un país entero se sienta frente al televisor porque cree. Y este año, como ha ocurrido tantas veces, Mundial y elecciones vuelven a cruzarse. Mientras unos sueñan con levantar la Copa del Mundo, otros sueñan con llegar a la Casa de Nariño. No sé si se trata de una casualidad o simplemente de uno de esos caprichos del tiempo, pero ambos acontecimientos representan un ejercicio colectivo de esperanza.

En ambos casos depositamos nuestras expectativas en personas que prometen conducirnos hacia algo mejor. La diferencia es que en el fútbol entendemos que perder hace parte del juego. Brasil pierde. Alemania pierde. Argentina pierde. Todos pierden alguna vez. Pero cuatro años después vuelven a intentarlo. En política, en cambio, solemos comportarnos como si cada elección fuera el juicio final y cada resultado una sentencia irreversible. No lo es. Las naciones, igual que los equipos de fútbol, se construyen partido tras partido, decisión tras decisión. Por eso vale la pena ilusionarse con la Selección Colombia. Y por eso vale la pena votar. No porque los jugadores sean salvadores ni porque los políticos sean héroes. Sino porque ambos encarnan la capacidad de creer que el futuro puede ser mejor que el presente.

Al final, tanto en una cancha como en una urna, buscamos lo mismo: una razón para creer. Creer que podemos derrotar a un rival más fuerte. Creer que podemos corregir nuestros errores. Creer que el futuro todavía nos pertenece. Quizá por eso gritamos los goles con tanta pasión y acudimos a las urnas con tanta expectativa. Porque mientras exista esperanza, siempre habrá un próximo partido por jugar.