De la libertad y sus verdugos
El texto cuestiona la nostalgia revolucionaria y recuerda que toda lucha por la libertad puede derivar en violencia y arbitrariedad.
El texto cuestiona la nostalgia revolucionaria y recuerda que toda lucha por la libertad puede derivar en violencia y arbitrariedad.
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Los estudiantes franceses llevan semanas protestando por asuntos que aquí conocemos bien: edificios deteriorados, salones sobrecargados y profesores que faltan sin que nadie los reemplace. También cuestionan el sistema de admisión universitaria y reclaman mejores condiciones para estudiar, especialmente en los barrios populares.
Por Edgar Julián Muñoz González
Son demandas conocidas que cada vez vuelven con más fuerza. Lo curioso es que alrededor de ellas ha comenzado a aparecer cierta nostalgia revolucionaria. En la plaza de la Bastilla, una pancarta reunió tres fechas: 1789, 1968 y 2026. Supongo que pretendía anunciar que la historia vuelve a ponerse en marcha. A mí esa comparación me produce escalofríos.
Hace unos meses terminé Historia de dos ciudades, de Charles Dickens. Lo recomiendo para quien quiera entender desde una mirada literaria lo que era Londres y Paris entonces. Lloré con el reencuentro del doctor Manette y su hija, y con la decisión de Sydney Carton de entregar su vida para salvar a Charles Darnay. Pero terminé la novela con una sensación de pavor ante la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse a la crueldad. La Bastilla, antes de ser una plaza, había sido una cárcel. Allí podían encerrar a una persona sin juicio, mediante una orden del rey. Imagino la angustia de esperar sin saber cuánto duraría el encierro, mientras afuera la familia seguía viviendo. Esa angustia la conocieron los secuestrados por las FARC. La arbitrariedad también consiste en disponer del tiempo de otro como si no le perteneciera.
Por eso resulta comprensible que su caída se convirtiera en símbolo de liberación. Sin embargo, aquel 14 de julio de 1789 también deja una escena difícil de celebrar: el gobernador de la fortaleza fue linchado y su cabeza paseada en una pica. Después vendrían las masacres y el terror. La guillotina adquirió una rutina de espectáculo público. Se acudía a mirar cómo decapitaban a los acusados y bastaba señalar a alguien como enemigo de la Revolución para poner su vida en riesgo. Robespierre defendió el terror en nombre de la virtud. Me pregunto a que expresidente colombiano se parece que se cree dueño de la verdad sin pruebas. Entre las víctimas hubo nobles, sacerdotes, monjas, campesinos, artesanos y los mismos revolucionarios. Hasta quienes habían ayudado a señalar enemigos terminaron entre los acusados. Habían derribado una prisión, pero seguían encontrando razones para disponer de la vida ajena.
De aquel proceso salieron conquistas que no quisiera desconocer. Se desmontaron privilegios y se proclamaron derechos que llegaron hasta nuestra independencia. Las ideas de la Ilustración, anteriores a la revolución, habían abierto la discusión sobre la razón y la autoridad. Todo eso importa. Pero reconocerlo no me exige mirar con indulgencia los patíbulos. Acá contamos la historia como si el sufrimiento de quienes murieron hubiera quedado compensado por las libertades de quienes nacimos después. Es una cuenta demasiado cómoda cuando ninguno de los muertos puede discutirla. La fraternidad también tendría que haber incluido al hombre y a la mujer que esperaba su turno frente a la cuchilla, aunque tuviera un apellido que la multitud detestaba.
En Colombia y América Latina hemos conocido esa manera de hacer cuentas. En nombre de la revolución, de la Paz, del orden o de la seguridad, demasiadas familias terminaron pagando un porvenir que otros les habían prometido. El campesino perdió la tierra, una madre siguió buscando a su hijo y los discursos continuaron explicando por qué todo había sido necesario. Quizás por eso me cuesta entusiasmarme con el regreso de ciertas palabras. Los estudiantes franceses tienen derecho a exigir que sus oportunidades no dependan del dinero de sus padres. Aunque si faltan profesores, también hay que preguntarse por qué alguien elegiría enseñar. Sus reclamos merecen respuestas, sin necesidad de convertirlos en protagonistas de otra epopeya. Uno quiere que sus hijos tengan un país mejor, pero que también puedan volver a casa para contarlo.