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El artículo critica el centralismo en Colombia y plantea que la descentralización de la administración pública es clave para corregir desequilibrios históricos.

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El artículo critica el centralismo en Colombia y plantea que la descentralización de la administración pública es clave para corregir desequilibrios históricos.

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Una de las iniciativas más importantes del Gobierno que se inicia el 7 de agosto de 2026, es el propósito de descentralizar la administración pública.

El centralismo gubernamental ha sido altamente perjudicial para el desarrollo de Colombia. Bogotá, la capital el País es una ciudad situada a 2.600 metros sobre el nivel del mar, la tercera capital más alta del Mundo en un medio geográfico muy accidentado, muy distante de los dos litorales que dispone el País y de vías fluviales navegables.

La mentalidad parroquial de sucesivos gobiernos pretendió localizar en el altiplano capitalino el núcleo de la industria de Colombia, error fatal porque las dificultades del transporte, la escasez de agua en esas mesetas y el aire ralo que limita el transporte aéreo no permiten un desarrollo manufacturero. Es algo tan absurdo como pretender crear un Ruhr en el Tibet.

Las pretensiones de crear un centro de industria pesada en esas circunstancias han llevado a sucesivos fracasos. Crearon una pequeña siderúrgica en una situación geográfica absurda, con mineral de hierro de pésima calidad y una maquinaria obsoleta y de al í partieron una serie de empresas fracasadas, tales como Distral, Icasa, Colcarril, Socofam, dos ensambladoras de vehículos, fabricas de llantas, trefiladoras, etc. Empresas cuyas perspectivas de comercio exterior siempre estuvieron limitadas por el costo del transporte.

La miopía centralista también afectó en gran medida la administración pública. Los gobiernos de “Frente Nacional” crearon numerosos institutos “descentralizados”, en realidad casi todos centrados en Bogotá, los cuales deberían administrar todas las actividades del País. Esto llegó al extremo que hubo un Instituto denominado “Colpuertos”, el cual administraba los puertos desde Bogotá.

La situación llegó a extremos ridículos, se creó una facultad de Ciencias del Mar en la Universidad Jorge Tadeo Lozano en la Capital.

Uno de los aspectos más aberrantes del centralismo se presentó en la inversión en obras públicas, se construyeron muy buenas vías en el altiplano capitalino, pero no existía una carretera al mar, la primera se terminó en 1948, una peligrosa trocha entre Cali y Buenaventura en la cual las cascadas caían en la banca de la “carretera”.

En la década de los años cincuenta se emprendió la construcción de un ferrocarril entre Bogotá y el Litoral Caribe, en un odioso desplante se excluyeron los dos puertos más grandes de la Costa Atlántica, la vía férrea llegó solamente a Santa Marta, un puerto con notables limitaciones. La mencionada línea férrea, con especificaciones mezquinas, tenía como fin principal traer carga de importación a Bogotá, como no había suficiente carga de compensación el ferrocarril mencionado se clausuró.

La construcción de carreteras tuvo un sesgo centralista muy marcado, al final de los años sesenta, Medellín, la segunda ciudad del País permanecía notablemente incomunicada, carecía de vías hacia el río Magdalena, Cali fue marginada de la comunicación directa con Buenaventura. Se clausuró el ferrocarril de Cúcuta que permitía comunicación directa de dicha ciudad con el Lago de Maracaibo. En Barranquilla se construyó un puente de dimensiones mezquinas sobre el río Magdalena, porque según un connotado cronista capitalino, tenían más importancia los puentes de la avenida 26 en la Capital.

Los excesos del centralismo y la arrogancia presidencial causaron en 1970 una reacción popular que llevó a una derrota del último candidato del “Frente Nacional” por lo cual se maquinó un fraude electoral cuyas consecuencias el País no ha terminado de lamentar.