“El Amazonas: Riquezas y enigmas a los que el país poco mira”
El Amazonas colombiano concentra una enorme riqueza natural y cultural, pero sigue marcado por el olvido estatal, el difícil acceso y las economías ilícitas.
El Amazonas colombiano concentra una enorme riqueza natural y cultural, pero sigue marcado por el olvido estatal, el difícil acceso y las economías ilícitas.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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El departamento del Amazonas, al sur, es el único colombiano con dos fronteras internacionales (Tabatinga – Brasil, y Santa Rosa – Perú), y aunque ocupa el 10 % de la extensión continental del país, tiene menos de 90 mil habitantes (la población de un barrio de Bogotá) y la mayoría de los compatriotas nunca lo han visitado.
Dos de cada tres hectáreas de bosques naturales de Colombia están en el Amazonas, con árboles de hasta 70 metros de altura, en una densidad de vegetación tal que impide que el sol llegue hasta el piso. Y si a esto se suman cerca de 20 ríos casi siempre crecidos por la permanente lluvia (como el Amazonas, Caquetá y Putumayo) que recorren la selva y la ausencia de poblados con servicios públicos y organización formal (solo hay otro municipio, después de la capital Leticia: Puerto Nariño, conocido como el “Pueblo Pesebre”, pues allí no hay autos ni motos; y 9 áreas no municipalizadas -sin alcalde ni concejo, más malocas indígenas), y sin carreteras para acceder desde el interior del país, se comprende por qué a esta región se le llama “pulmón del mundo” (regula el clima y almacena carbono), pero también por qué es misteriosa, sorprendente, única y compleja.
Es un mundo diferente a la Colombia de ciudades, empresas, gran comercio, valles y sabanas, dos mares, interconectadas por eficientes vías terrestres y otras expectativas. El Amazonas podría considerarse, tal vez, el mejor ejemplo de la llamada “Colombia Profunda”, esa patria antagónica de la mal llamada civilización y de los medios de comunicación, del gran capital, tristemente olvidada por el Estado, y a la que solo es posible llegar por avión o en lancha.
Es una región con múltiples reservas naturales y riquezas. Fauna única, animales endémicos, y sorprendentes, como de película de acción y terror de Hollywood (delfines rosados y grises, el inmenso pirarucú -que puede llegar a 200 kilos-, monos tití leoncito -el más pequeño del mundo- y loros, osos perezosos, jaguares, dantas, anacondas, ranas gigantescas, tarántulas y pirañas); una flora excepcional (como la majestuosa victoria regia, y frutas exóticas); riquezas minerales (como oro, coltán, uranio y cobre, entre otros) y uno de los más grandes escenarios de convivencia étnica indígena (más de 60 pueblos indígenas, como los Ticuna, Huitoto y Bora, entre otros) y lingüística del planeta (más de 50 lenguas).
La inmensidad de la selva, los enigmas de la naturaleza y las enseñanzas ancestrales (como el manejo de plantas medicinales) podrían ser los tres conceptos que mejor describen la exuberancia, desafío para los turistas aventureros y los seres radicalmente comprometidos con la Madre Tierra.
Hace un siglo, el escritor opita José Eustasio Rivera, describió al Amazonas, en “La Vorágine”, como “cárcel verde”, para referirse a la entonces industria del caucho, y mostrar dicho entorno geográfico como una estructura imponente que aísla al individuo y llena de una pesadumbre inmensa y simbólica. Aunque dicha actividad extractiva desapareció tras una violencia extrema contra los indígenas, los desafíos del entorno se mantienen con mayor intensidad y preocupación para la subsistencia de la población y el equilibrio de la naturaleza.
Las limitaciones en el acceso, baja cobertura de servicios públicos y abundante manigua (selva espesa, enmarañada, húmeda y difícil de atravesar) han convertido al Amazonas en caldo de cultivo de economías ilícitas, de muy diverso origen e intereses, que se aprovechan de preocupantes tasas de pobreza multidimensional (es decir, carencia simultánea de aspectos como educación, salud, trabajo y vivienda): Tráfico de cocaína, disidencias guerrilleras, minería ilegal (con la consiguiente contaminación de ríos por el mercurio), contrabando de madera y ganado, y descontrol en el registro de la tierra. Es una tensionante convivencia entre ruidos de la selva, tala ilegal, explosiones de dinamita (socavones, cauces de los ríos, remoción de rocas…) y creciente y preocupante depredación del ecosistema que causan muchos turistas.
El gobierno debe girar su mirada al sur, enseñar a los compatriotas a valorar su selva, tradiciones y reserva natural y comprender que los amazonenses también son colombianos. Eso demanda recursos, políticas y, sobre todo, respeto, admiración y aprendizaje por la majestuosidad de dicha tierra.