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Editorial

Estados Unidos implementa en Suramérica su política del miedo

EE. UU. habría usado la muerte de ‘Niño Guerrero’ para enviar un mensaje de poder en Suramérica, evidenciando la fragilidad de Estados y redes criminales en la región.

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La muerte de ‘Niño Guerrero’, anunciada por Estados Unidos y que se volvió noticia en todos lados, no sólo muestra que los norteamericanos tienen buena inteligencia internacional.

También deja en evidencia lo frágil que es un poder que ha convertido a Venezuela en refugio de criminales, moneda de cambio y campo de batalla para mensajes entre “aliados” que ni se soportan.

Cuando un Gobierno dice que mató a un jefe del ‘Tren de Aragua’ en suelo venezolano y hasta admite que hubo ayuda local, esto ya no es sólo un tema policial. Ahora es pura política del miedo, de lo que conviene y de quién controla qué pedazo de tierra.

Lo que pasa es que el ‘Tren de Aragua’ no empezó como un mito de frontera. Se hizo fuerte en las cárceles, se expandió con el caos y terminó metido en negocios turbios como extorsión, secuestros, trata de personas y drogas. Para los estadounidenses son terroristas, y su líder, Héctor Rusthenford Guerrero Flores, ya estaba en la lista negra del Tesoro gringo.

Esto no es sólo neutralizar a un delincuente importante. Es un aviso para las redes criminales que se creen intocables y para los Gobiernos que las dejan estar por interés o por miedo.

La clave no es sólo cómo cayó este cabecilla. Lo que importa es quién lo protegió todos estos años y por qué. Si es cierto que lo soltaron desde adentro o que hubo algún arreglo entre bastidores, entonces el régimen venezolano no es víctima de presión extranjera, sino unos gobernantes que usa el territorio para negociar su supervivencia.

Hoy delatan a un criminal, mañana pueden sacrificar a otro o entregar a opositores, pintándolos como delincuentes. Así funcionan los Gobiernos que confunden soberanía con encubrir su mugre.

Colombia, Chile, Perú y Ecuador saben lo que cuesta dejar pasar estas cosas. No se trata de celebrar un bombardeo o aplaudir que alguien use la fuerza. Se trata de que haya coherencia frente a un problema que mezcla política, crimen y propaganda.

Cuando un Estado protege delincuentes, los normaliza y luego los entrega cuando le conviene, no combate el terrorismo, lo administra. Y cuando una potencia como EE.UU. usa este juego para mandar mensajes en la región, tampoco lo hace sólo por justicia. Lo hace para recordar quién pone las reglas, para marcar jerarquías y mostrar poder.

Lo hace porque sabe que en ese límite peligroso entre crimen y Estado, la impunidad vale mucho y la verdad casi siempre llega tarde, distorsionada o a medias.

Por eso la región necesita jueces que no vendan sus conciencias, Gobiernos que no cambien reglas a su conveniencia y una diplomacia que no confunda presunción con complicidad. Sin eso, cada captura, cada muerte y cada anuncio seguirán el mismo guion de siempre, donde el poder compra silencio y la violencia dicta agenda.