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Cómo dejar atrás la violencia institucional y el olvido histórico: La radiografía de un perdón en El Playón

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Resumen

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Hablando de perdones, hace poco hubo uno que atrajo la atención de la prensa nacional por ser un hecho sin precedentes en la justicia colombiana. La Corte Suprema de Justicia ordenó a la alcaldía del municipio del Playón, la secretaría de educación departamental y al Ministerio de Educación, pedir perdón a toda la comunidad educativa de la institución Betania, perteneciente al mismo Playón, mediante un acto solemne de disculpas públicas. El hecho dejó al descubierto la negligencia encostrada en las viejas paredes de estas escuelas, que limitan con el olvido de tan lejanas.


Por Antonio Campillo Prada - Especial / EL FRENTE

El día que se cumplió la sentencia, un puñado de playoneros experimentaron disfrutar de una fiesta nueva, la fiesta del perdón. De los grandes parlantes instalados allí brotaron canciones de moda, discursos donde se mencionaron planes de ruta y estrategias gubernamentales, prioridades para el año que se adentra. Los niños fueron vestidos de gala, hicieron silencio mientras los fotógrafos retrataron sus rostros.

Esta historia del perdón comenzó con el esfuerzo que han hecho los niños de la región durante años en pro de su aprendizaje, hasta convertirse en hombres, para luego abandonar el campo e ir a aventurarse a las ciudades.  Es común ver una familia de por aquí soñando con poder dar una educación de calidad a sus hijos. Con las añoranzas de los hijos ausentes se cultiva el campo en Colombia.

Este esfuerzo de caminar por horas, lo hacen, para hacer valer su dignidad. He ahí lo que representa ser colombiano: tomar lo poco que hay servido, y avanzar; aunque se desdibuje la intensión política a cada paso. De todos modos, antes de cada día de clases, le ganan al sol, se abrigan las entrañas con aguadepanela recién bajada del fogón de leña, y se entregan al frio de la madrugada, orgullosos de superarse; caminan a merced de los montes y de los caminos polvorientos en pleno verano, porque en invierno se encomiendan a los santos cuando su calzado acumula el barro de tal forma, que dar un paso se convierte en un desafío de vida o muerte. No cualquiera camina por abismos, con barro fresco en los tobillos.

Otro gesto importante en esta historia fue ejecutado por el rector de la institución Betania, el maestro Dizz Alarvy Leal Espinosa quien, movido por la ausencia de respuesta a sus constantes peticiones, tuvo la fortuna de llegar al despacho del personero del municipio del Playón; este funcionario, después de conocer el decálogo de urgencias que requieren las escuelas decidió convertir aquellas peticiones, en una tutela por el abandono en el que han permanecido las diversas sedes.

La fecha de las disculpas públicas se celebró el día 19 de febrero en Betania. Por cuestiones de agenda, direccionaron una delegada del ministerio de educación; “compromisos adquiridos con anterioridad” ausentaron la ministra. Por su parte, la secretaria de educación departamental manifestó que el acto del perdón es una oportunidad para reconocer una deuda histórica.

Atraído por el ejercicio de perdonar encontré la voz de Hannah Arendt, filosofa alemana, pensadora, acreditada en el siglo XX, quien se refirió al perdón con las siguientes palabras: “El perdón (sin duda una de las más grandes capacidades humanas y quizá la más valiente de las acciones, en la medida en que intenta lo aparentemente imposible -deshacer lo que ha sido hecho- y consigue llevar a cabo un nuevo comienzo donde todo parecía haber concluido) es una acción única y culmina en un solo acto”.

Quien demanda El perdón se redime así mismo en un viaje al pasado.  “Perdona esto…”, «y empieza a tallar esta nueva manera de ser patria a partir del perdón”». De perdón en perdón se edifican las sociedades, estamos en ese proceso. Todavía nos cuesta. Hay derroche de vidas por “intolerancia”, la famosa intolerancia, que no es otra cosa que la antigua y vergonzosa carencia de educación. Educación para aceptar el perdón.

“No es solo pedir disculpas”

Ahora bien, este nuevo perdón alarga cualquier expectativa. El perdón, al ponerlo en términos de periodicidad sirve al individuo para avanzar en este mundo que cada día muestra más hechos imperdonables. Partir la piña, para sostener una guerra, a estas alturas del viejo cronómetro, poner a dormir una infanta en un pastizal de la villa de los caballeros, repetir la lección que avergüenza a Dios, a todo hombre sensato.

Con la presencia o no, de autoridades en la ceremonia del perdón, el rector se refirió: “No es tan fundamental el hecho del acto de pedir disculpas. Sé, que se quiso, se pidió, pero lo importante es lo que se haga, que los chicos a corto, mediano, o largo plazo puedan gozar de una infraestructura. Y acceder. Permanecer en el servicio, en el sistema educativo hasta que lleguen, por lo menos, a bachilleres. Hablo de la institución educativa de Betania que está conformada por 10 sedes. El sistema está mal organizado, porque se proyecta solamente garantizar el servicio de preescolar y primaria en aula multigrado de cada sede. A la sede principal donde se ofrece el transporte, está lejos. Entonces los chicos terminan su quinto primaria que es lo que le garantiza el sistema y se quedan ahí a cultivar la tierra. No tiene nada de malo; vivir con su familia, no tiene nada de malo; pero, podría hacer eso mismo aquí formándose cada día más. Eso es lo que se quiere, que la educación sea formándose cada día más, que la educación se complete; y que sigan en el campo educados, mejorar las condiciones, que se cumplan lo que dice la ley: que la educación debe ser de calidad”.

Este perdón que viene de la Corte Suprema de Justicia lo anticiparon aguaceros bíblicos que, en súbitas ráfagas, silenciaron bajo los techos de lata, la voz de los educadores en mitad de una clase. La maestra Edna Mora, de dicha institución, narró partes de su rutina como docente en una de las sedes de la institución Betania: “Mantener la atención y concentración de los estudiantes en un aula multigrado de 25 menores es difícil cuando se desarrollan las clases en un ambiente caluroso, que desespera y desconcentra tanto a los estudiantes como a mi persona, en temporada de verano. Ahora bien, cuando llueve el ruido del techo de zinc no permite que los niños escuchen las clases impartidas, afectando el aprendizaje y atención de los mismos. Por último, es importante mencionar que el techo tiene algunas goteras y se encuentra oxidado”.

Detrás de este perdón se aumenta la esperanza de lo anhelado. Ojalá se concrete lo prometido, ojalá nos anticipemos con urgencia al siguiente perdón. Estos perdones de ahora se parecen tanto al olvido. Hay que anular toda tortura lenta y antigua de aguardar lo soñado. ¿Qué anhela un pueblo? Pues, a mi juicio, simples garantías. Garantías, para desarrollar la vida en cualquier escenario. Tan claro como eso, esas garantías deben traer amor, sin intermediarios… ni comisión.

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