Leyendo a Piedad Bonnet
El texto destaca cómo Piedad Bonnet explora en Qué hacer con estos pedazos las relaciones familiares y las heridas heredadas.
El texto destaca cómo Piedad Bonnet explora en Qué hacer con estos pedazos las relaciones familiares y las heridas heredadas.
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Esta semana terminé de leer el libro de Piedad Bonnet, “Qué hacer con estos pedazos”. Lo estamos leyendo en un club de lectura, pero la realidad es que una de mis metas de este año fue leer al menos tres autoras colombianas, y esta es la primera. Piedad es poeta, dramaturga y novelista colombiana, nacida en Amalfi, Antioquia. Proviene de una familia de profesores y siempre se dedicó a la enseñanza universitaria.
De Piedad Bonnet ya había leído, hace años, “Lo que no tiene nombre”, una historia desgarradora sobre la pérdida de su hijo y el duelo de una madre. Es más, el libro toma ese título porque Piedad resalta que la pérdida de un hijo, justamente, no tiene nombre. Fue escrito después de que, en 2011, su hijo se suicidara. Admiro mucho la pluma de Piedad porque es muy poética. Me encanta que haga que cualquier situación cotidiana tenga reflexión y que cada una de sus historias esté ligada a su vida; en ese aspecto me recuerda a varios de los libros de Isabel Allende.
Específicamente en Qué hacer con estos pedazos, la autora reflexiona sobre las relaciones de la protagonista: con su pareja, con su hermana, con su padre, con su hija, y sobre cómo han ido evolucionando hasta un punto que probablemente ella ya no disfruta del todo. A través de estas reflexiones llega a reconocer patrones que vienen incluso desde sus padres y a conectar con partes de su pasado. Es un libro de reflexión personal en el cual Emilia, a raíz de una decisión tomada contra su voluntad (remodelar la cocina), decide hacer una introspección de su vida y de sus relaciones, llegando a tratar temas muy tabúes e interesantes.
Probablemente la historia más impactante para mí fue la de sus padres. Hace un par de años la palabra «estoico» está muy de moda, y me encanta que en el libro no sea una virtud, sino un reproche: en esa época solo así podía durar un matrimonio, aceptando lo que llegara. Además, reprocha la sumisión de su madre y la obligación que tenían ella y su hermana de continuar esa misma sumisión con sus parejas, pues alterar el orden les traería infelicidad. Justamente esto lo cuestionó Emilia constantemente: “Tan hecha estaba la madre a la idea de que las cosas son así, que ni siquiera sentía culpa de haber renunciado a todas sus libertades. Y en el apego del padre, que iba acompañado de pequeñas crueldades que cometía con naturalidad asombrosa y sin ninguna mala conciencia, reconocía esa extraña capacidad que tienen tantos hombres de erigirse como patrones o patriarcas mientras se comportan, sin aparente contradicción, como hijos incapaces”.
Menciona a su madre como una mujer muy dura, que nunca se dejó cuidar sino hasta ya muy mayor. Cuenta que antes de casarse era enfermera y que, después del matrimonio, su marido la obligó a abandonar su puesto para ser ama de casa y cuidar a sus hijos. Creo, al igual que Emilia, que esta situación la dejó muy reacia a demostrar afecto hacia sus hijos: “De su madre había aprendido Emilia que las palabras pueden herir, mutilar y sanar. Muchas veces había sido ella la víctima, y todavía, de vez en cuando, le supuraban las heridas”.
Me quedo con “Qué hacer con estos pedazos” como un libro honesto, de esos que nos obligan a mirar de frente las relaciones que nos formaron, incluso las que duelen. Piedad no ofrece respuestas fáciles, pero sí el valor de nombrar lo que muchas veces callamos, y eso ya es bastante. Lo recomiendo, y me alegra que sea apenas la primera de mis autoras colombianas de este año.