De los pensamientos y sus condenas
El artículo distingue entre tener impulsos o pensamientos y decidir actuar sobre ellos, defendiendo que no deben juzgarse igual.
El artículo distingue entre tener impulsos o pensamientos y decidir actuar sobre ellos, defendiendo que no deben juzgarse igual.
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Hay una forma de juzgar a las personas que siempre me ha causado curiosidad: esperar que, además de actuar correctamente, nunca sientan ganas de hacer lo contrario. Como si una persona generosa jamás sintiera envidia, alguien pacífico no conociera la ira o quien cumple sus compromisos estuviera libre de tentaciones.
Por: Edgar Julián Muñoz González
Las religiones ofrecen principios que ayudan a muchas personas a orientar su vida y a convivir con los demás. Pero incluso quienes compartimos la importancia de esos principios podemos preguntarnos si tiene sentido condenarnos por todo lo que pasa por nuestra cabeza. Podemos observar lo que una persona hace. ¿Saber lo que siente? ¡Juemadre! Es bastante más complicado. A veces ni ella misma lo entiende.
Los siete pecados capitales son un buen inventario de nuestras debilidades. La envidia ante el éxito ajeno, la pereza de una mañana, la ira cuando nos ofenden, la lujuria en una fantasía sexual o las ganas de seguir comiendo cuando ya estamos satisfechos resultan bastante familiares.
No todos sentimos lo mismo ni con igual intensidad, pero cuesta imaginar una vida entera libre de esas tentaciones. Reconocerlas exige honestidad. Podemos alegrarnos por el ascenso de un amigo y sentir cierta envidia porque nosotros seguimos esperando una oportunidad. También podemos querer a alguien y sentir rabia con él o ella. Admitir esas contradicciones nos permite examinarlas. Negarlas para conservar una buena imagen de nosotros mismos hace más difícil entenderlas.
En el trabajo también aparecen esas contradicciones. Una persona puede sentir que le pagan menos de lo que merece y pensar que la empresa está en deuda con ella.
Incluso puede llegar a justificar llevarse algo diciendo que apenas está recuperando una parte de lo que le deben. Jerald Greenberg estudió esa conducta apoyándose en la teoría de la equidad de J. Stacy Adams. Pero entre sentirse mal pagado y apropiarse de lo ajeno hay una decisión.
Lo mismo ocurre cuando una ofensa despierta las ganas de responder con crueldad o cuando alguien casado siente atracción por otra persona. Ahí comienza una responsabilidad que no podemos despachar diciendo que somos así o que las circunstancias nos llevaron a hacerlo. Contener un impulso exige esfuerzo y tiene mérito. Condenarnos por haberlo sentido es otra cosa.
Defendemos el derecho a la intimidad, pero parece que solo lo aceptáramos mientras dentro de ella ocurra lo que aprobamos. También tenemos una vida interior, hecha de recuerdos, fantasías, contradicciones y pensamientos que unas veces llegan solos y otras buscamos por voluntad propia.
No todo tiene que convertirse en confesión ni someterse al juicio de los demás. Imaginar algo tampoco equivale a hacerlo. El miedo al castigo o al qué dirán puede frenar una conducta, pero me parece más firme comprender lo que nuestros actos significan para otro: su confianza, su tranquilidad y su derecho a decidir sobre su propia vida. Reconocer nuestros impulsos permite asumir la responsabilidad de lo que hacemos con ellos. También debería ayudarnos a juzgar con menos ligereza las contradicciones ajenas.
No escribo desde la tranquilidad de haber hecho siempre lo correcto. Haber cumplido ayer no resuelve las decisiones de mañana, ni haber fallado nos obliga a repetirlo.
Mi nona tenía una respuesta que entonces me parecía una desconfianza innecesaria. Cuando uno decía que alguien era honrado, bueno o que había demostrado ser de confianza, ella respondía: “Hasta ahora, mijo. No se le olvide: hasta ahora”. Ella entendía que ninguno tiene asegurada su propia virtud. Lo que hemos sido cuenta, pero no decide por nosotros lo que haremos mañana.
P. D. La decisión de Juan Esteban Constaín de dejar su columna de los jueves en El Tiempo es una gran pérdida para el oficio y para quienes disfrutábamos leerlo.